Treinta y tantos
Si tuviese que resumir en una sóla palabra lo que ha sido mi vida y la de los que han nacido unos pocos años antes y otros pocos después sin duda sería esta:
TRANSICIÓN
Nací justo en el centro de la década de los 70, concretamente en el quinto mes del quinto año. Nada menos. Supongo que eso te marca el Karma de modo irremediable. Nacimos durante la transición política de este país. Vimos la transición de la televisión en blanco y negro al color. Vimos nacer y morir al Betamax y al VHS. Experimentamos la transición de los juegos infantiles de la calle al salón de casa. Nuestras manos manejaron por igual peonzas y joysticks. Los ordenadores nacieron y crecieron delante de nuestros ojos mientras sus pantallas evolucionaban del verde fósforo a las TFT.
Esto viene al hilo de un nuevo spot de una marca de refrescos. Lo encontré en Llámame Lola (porque lo que es la tele la veo muy poco). Me resultó simpático, incluso diría que entrañable. Al fin y al cabo, podemos estar orgullosos del largo camino que hemos recorrido hasta ahora.
Mi favorita es la escena del rebobinado a mano de una cinta de audio. ¡Cuántos kilómetros de cinta habré pasado así! Mi radiocassette tenía el mal vicio de “apretar” las cintas y el único modo de “ablandarlas” era rebobinarlas a mano.
Transición.
Del blanco y negro al color. De los tubos de rayos catódicos a las pantallas planas. De las calculadoras iluminadas por leds a la HP de cristal líquido. De los carretes de fotos a las tarjetas SD. De las cintas magnéticas al CD. Del VHS al DVD…
Hemos vivido una tremenda revolución silenciosa: la transición de lo analógico a lo digital. Porque nos guste o no, la técnica ha influído mucho en nuestro modo de vivir… pero poco en lo que vivimos.
Los libros siguen siendo de papel y nuestra mente todavía sueña a su modo, sin conectores neuronales externos que perturben su delicada soledad.



