Rencores (V): si hay Dios en el Cielo…
Mi bisabuela era en muchos aspectos una mujer de su tiempo. Madre de prole numerosa, trabajadora infatigable, reñía mucho, se quejaba poco. Era dura como un pedazo de hierro. También era muy religiosa, “buena cristiana y temerosa de Dios” que se decía entonces. Como ya les dije, toda la familia estaba ligada a la humilde parroquia de entonces, teniendo además amistad personal con Don Antonio, el encargado de aquel revuelto redil que conformaba el vecindario entre los años 30 y 40.

Mientras Europa ardía por los cuatro costados, España, famélica, se ocupaba de sus propios asuntos con un ojo mientras con el otro le hacía guiños a Alemania e Italia, amigos de los vencedores en la reciente carnicería fraticida. Ajenas a estos devaneos transcurrían las jornadas en nuestro pequeño rincón del mundo. En aquellos días apareció un tema de máximo interés y urgencia que requería la atención de las gentes… y de su dinero.
Tienen por mala costumbre las techumbres de madera el estropearse al cabo de varias décadas, sobre todo si no se cuidan ni se han construído como es debido. En tal tesitura estaba la cubierta de la iglesia parroquial. La construcción y reforma sufragada por nuestro penefactor parroquial allá por el 1909 (de quien también guardo ciertos rencores que veremos más adelante) adolecía de carcomas y podredumbres en sus maderas. Así pues, se organizó una colecta para rehacer el tejado.
Una tarde cualquiera, de camino a casa después de las labores del campo, se encontraron Don Antonio y Regina. Díjole mi bisabuela con cierta vergüenza al párroco, que en aquel momento no disponía ni de un mal patacón que echar a la cesta, pero que pondría todo su empeño en rascarlo de algún sitio para poder contribuír al esfuerzo colectivo. Contestó Don Antonio que no se preocupase, que cada cual hace lo que puede. Ante la insistencia de Regina en cuanto a lo de conseguir el dinero aún a costa de (mayores) privaciones, el cura miró a derecha e izquierda y le respondió tras un breve silencio con estas palabras:
Mira Regina, nosotros no trabajamos y por tanto de algo tenemos que vivir. Sois vosotros los que nos pagáis las cosas. Somos una organización y como tal tenemos que buscarnos los dineros como podamos. No te preocupes por Dios. A Él ya le vale con tus oraciones, sean en la iglesia o sean en el campo. Guarda el dinero para tus hijos, que Dios no lo necesita y ellos sí. Rézale a Dios, que si hay Dios en el Cielo eso le bastará… y si no lo hay, pues no has perdido nada.
Así habló Don Antonio, cura párroco de una bulliciosa aldea en la España de los años 40.



