Archive for: Enero 2007
26 Enero 2007
Siempre me ha apasionado la Historia, la que se escribe con mayúsculas, y por supuesto, su hermana pequeña la Arqueología. Yo pecador, confieso que Indiana Jones ocupa un puesto de privilegio entre mis héroes infantiles. Eso me hace estar muy atento cuando se mueven tierras y muros, pues si abres bien los ojos verás vestigios donde otros ven escombros. El ejemplo más claro de ello pertenece a esta serie de los Rencores.
Mi abuelo y uno de sus primos (llamémosle Moncho) comparten lindes y muro con la finca del cura. Dicha divisoria está hecha de mampostería a la vieja usanza; es decir, piedras más pequeñas que grandes, irregulares y asentadas con tierra (el cemento era entonces un lujo de la alta ingeniería civil y militar). Cuenta el dicho muro con casi 100 años de antigüedad. Adoro los muros de mampostería, pues custodian muchos secretos entre sus piedras y tierra, merced a la costumbre que tenía la gente de esconder cosas pequeñas entre sus rendijas. La tapia de la que hablamos, además de vetusta, no fue muy bien construída, por lo que ha sufrido varias reparaciones, yo mismo participé en dos de ellas. La última y más importante la hizo el primo de mi abuelo allá por el año 93. Para acceder a la finca de mi abuelo hay que cruzar por la de su primo, cosas del minifundismo y las herencias. Así que, durante los trabajos de derribo de la parte estropeada, tuve ocasión de pasar por allí. Mientras Moncho y sus canteros retiraban piedras, me fijé en la tierra de los escombros y lo vi: el inconfundible tono verdoso del bronce oxidado. Un pequeño objeto semienterrado que había pasado desapercibido a todos. Me acerqué a él creyendo adivinar lo que era. En efecto, al retirar la tierra con la mano vi la inconfundible forma cilíndrica de un casquillo de rifle. Sospeché inmediatamente de la procedencia de tan extraño objeto (extraño digo para el lugar en que nos encontrábamos). Con el poco ortodoxo método de humedecer el dedo en saliva, limpié la base del cartucho en busca de pruebas y encontré dos cosas:
- El fulminante no tenía la marca del percutor, por lo que el cartucho no llegó a ser disparado.
- Su inscripción de fábrica era P S 1933, lo que indica que se fabricó poco antes de la Guerra Civil.
 
Comenté en voz alta que el cartucho no había sido disparado y que la bala aún tenía que estar por allí. Pero cuando me disponía a buscarla, los canteros me fulminaron con la mirada. Decidí que sería mejor ir con el casquillo a otra parte. A la mayoría de la gente no le gusta que les estorben en el trabajo y mucho menos que se desentierren cosas que, para su entender, están mejor enterradas. Hoy hubiese cogido un tamiz y revisado hasta el último puñado de tierra de aquel muro para dar con la bala, pero en aquel entonces era un chaval imberbe de instituto y la mirada hostil de dos canteros bastaba para quitarme de enmedio.
Al examinar las medidas del casquillo, éste da más pruebas que lo sitúan en la contienda. Se trata de un cartucho del calibre 7.57 Mauser, un poco más pequeño que el 7.62 estándar actual. Dicho calibre era el que usaban los fusiles Mauser españoles hasta que se pasaron al 7.62 en el año 1944. Así pues, pertenecía a un M1893 o a bien a un M1916, ese extremo no puedo discernirlo sólo con el cartucho. Ambos eran los fusiles más comunes por ser los reglamentarios para el ejército y los demás Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (fotos detalladas del M1893 aquí, es el 5º de la lista) . Aunque no sé de qué modelo, sí puedo decir que perteneció a un fusil republicano. Concretamente al de un miliciano anarquista, un guerrillero bajado del monte en busca del cura párroco de entonces, al que llamaremos Don Antonio.
Era Don Antonio un hombre sencillo, a la sazón cura párroco de aquellos lares, al que la madre de mi abuelo (a la que llamaremos Regina) tenían en gran estima, no por cura, sino por bueno. Lindaban ambas casas y huertas, teniendo gran amistad el cura y la familia. Amistad que en los tiempos de la Guerra se afianzó por el infortunio, ya que con la excusa del desorden, la Diócesis no le pasaba el sueldo al párroco, por lo que se sentó a la mesa con mi abuelo y sus hermanos no pocas veces. El otro infortunio del que le libraron fue el de la cacería.
Había un grupo, un comando guerrillero, de al menos tres hombres que operaba en la zona. Decidieron dar caza a Don Antonio por tener éste la condición de sacerdote y como tal ser considerado Enemigo del Pueblo. En realidad era más por una cuestión de oportunidad. Su parroquia era de las más alejadas y no tenía amigos que le protegiesen. El pobre hombre fue asediado durante meses y se convirtió en rutina el vigilar de noche. Cuando veía o escuchaba a los milicianos acercarse a su casa, huía por la huerta y se escondía en la casa de mi bisabuela. Le dieron cobijo muchas veces. Finalmente, los milicianos se dieron cuenta de dónde se escondía y por dónde escapaba. Así que una noche llamaron a la puerta de casa. Era dicha puerta de diseño tradicional, es decir, dos hojas separadas, una sobre la otra, para permitir ventilar la casa sin que entrasen las gallinas del corral o la lluvia eterna del Invierno. Antes de que pudiesen hacer nada, el hijo más pequeño abrió la hoja de arriba. Los milicianos dispararon, con suerte tal que el chico no sufrió daño, al ser hecho el disparo para la altura de un hombre. Ante los gritos de Regina, huyeron, no sé si por creer haber hecho blanco o por no querer ser reconocidos (eran vecinos de la zona) y tener pudor a matar una mujer.
Fue esta la gota que colmó el vaso, y un familiar lejano (al que llamaremos Carlos) tomó partido en el asunto. Cargó su escopeta con postas del .12 y les hizo la espera como se aguarda al jabalí, parapetado tras la esquina de uno de los cobertizos. Vinieron los milicianos esa noche por la ruta que el cura usaba para escapar, buscando así evitar que se escondiese en casa de sus vecinos. En cuanto se encaramaron al muro, Carlos abrió fuego sobre ellos. Tomados por sorpresa huyeron y se dispersaron por las huertas y maizales, creyendo que la Guardia Civil les había tendido una emboscada. No volvieron a molestar a Don Antonio, porque una cosa es perseguir curas desarmados y otra exponerte a que te vuelen la cabeza o te prendan y fusilen al amanecer.
Carlos declaró en público que había fallado por ser de noche y estar a oscuras. En privado comentó que apuntó alto pues le repugnaba la idea de matar por ser ésta cosa muy fea y además pecado mortal. Al fin y al cabo aquellos desdichados no habían matado a nadie; no eran más que labradores analfabetos, que se habían echado al monte creyendo en las promesas socialistas de un mundo mejor y más justo.
Uno de ellos perdió un cartucho de fusil; se le cayó de faltriquera cuando estaba en lo alto del muro. El cartucho se coló por una de las rendijas y allí permaneció durante décadas. El tiempo y el agua de la lluvia separaron la bala del casquillo, disolvieron la pólvora y cubrieron el bronce dorado con la capa verdosa que vemos hoy. Lo sé porque el casquillo apareció exactamente en el lugar por el que los milicianos intentaron entrar aquella noche. Un vestigio de la Guerra Civil a 20 metros de casa, una prueba de un crimen que no se llegó a cometer, en un lugar en el que se supone que nunca pasa nada.
22 Enero 2007
El wolframio, volframio o tungsteno es un elemento químico de número atómico 74. Metal escaso en la corteza terrestre, se encuentra en forma de óxido y de sales en ciertos minerales. De color gris acerado, muy duro y denso, tiene el punto de fusión más elevado de todos los elementos. Se usa en los filamentos de las lámparas incandescentes, en resistencias eléctricas y, aleado con el acero, en la fabricación de herramientas.

Eso es en general, pero en los tiempos en que mi abuelo era joven, el wolframio (wolfram para los amigos) tenía más propiedades. Una era la plusvalía germánica. Me explico. Antes incluso de estallar la II Guerra Mundial, los alemanes trataron de asegurarse un buen suministro de wolframio, pues lo necesitaban para el blindaje de sus panzers y la precisión de sus cañones. Pero en toda Europa, el único lugar en el que el wolframio está presente es el llamado Macizo Hespérico, dentro del cual se incluye nuestra pequeña esquina del mundo. El caso es que merced a esta demanda y a las maniobras económicas de los británicos, el kilo de wolframio valía más que un kilo de oro (y no es una exageración poética). Muchos seguro que habéis oído hablar de esta fiebre del wolfram que sacudió nuestra región a lo largo de los años 30 y 40.
La otra propiedad destacada era su toxicidad. El wolframio era venenoso y su veneno se podía clasificar en dos tipos:
- Tipo I: destruía el cuerpo
- Tipo II: corrompía el alma
Un ejemplo de envenenamiento de Tipo I fue Jemiro. Al calor de la fiebre del wolfram, nació la Mekinsa, una fundición que oficialmente hacía lingotes de estaño pero que sobre todo se dedicaba al refinado de mineral de wolfram. Mi abuelo trabajó un tiempo en esa fundición, pero salió de allí en cuanto pudo encontrar otro trabajo. Cuenta que las condiciones eran horrorosas, porque la salud de 50 hombres era más barata entonces que unas buenas instalaciones de extracción de vapores tóxicos. Pero Jemiro no tuvo tanta suerte (o no quiso buscar otra cosa) y trabajó muchos años allí. Tantos que a los cuarenta y pocos años lo jubilaron, oficialmente por silicosis, pero lo que en realidad tenía era un envenenamiento por metales pesados. Mi abuelo apuesta por el arsénico, yo por el cromo. Aunque puede que los dos tengamos razón, ya que el wolfram tiene muchos amiguitos que lo acompañan. Jemiro era un hombre risueño, feliz, siempre sonreía. Era de esos tipos (a los que envidio) que sacan lo mejor de sí mismos ante la adversidad. Y él tuvo mucho tiempo y ocasiones para hacerlo. Nada consiguió arrancarle el buen humor, ni siquiera el cáncer de huesos que acabó por vencerle. La silicosis no pudo con él cuando todos creían que un mal catarro se lo llevaría a la tumba (yo jamás le oí toser), pero los venenos minerales son implacables.
De Jemiro recuerdo con simpatía a su vaca enamorada. No toleraba que ninguna mujer se acercase a él y trataba de cornearlas cuando lo hacían. También era terca, muy terca. Jemiro tenía el peculiar sistema de hacerla entrar en razón a base de morderle una oreja y tirar en la dirección en que el animal se tenía que mover.
En cierta ocasión, la cerda de cría que tenía, pisó a uno de los cochinillos. Tan mala fortuna tuvo el pobre, que la pezuña le rajó el vientre dejándole con las tripas al aire. Pues Jemiro, ni corto ni perezoso, cogió aguja e hilo y se puso a coser la barriga del desafortunado, riéndose a mandíbula batiente de los gritos histéricos de su mujer ante tal escena. El cerdito, con su zurcido impecable, sobrevivió y murió de muerte natural. Bueno, de lo que es natural en un cerdo de casa: degollado sobre un banco de madera al alcanzar el peso y tamaño adecuados.
Por fortuna para el mundo, uno de los nietos de Jemiro es casi una fotocopia suya.
El ejemplo de Tipo II vivía a unas decenas de metros de la casa de Jemiro. Le llamaremos Pepe “o da Ghranxa” (léase la gh como jota aspirada) en referencia a la finca que compró para instalarse allí. Habitaba un caserón enorme, de buena sillería, con palomar y todo. Su finca era inusualmente grande para el estándar minifundista por el que somos famosos. Lo compró todo de una sóla vez gracias al wolfram.
Este individuo, por llamarle algo, era vigilante de mina. En aquellos tiempos en los que el mineral negro y pesado era más valioso que el oro, un saco de wolframio podía sacarte de la miseria. La Guardia Civil disparaba a matar a los ladrones de mineral, pero la tentación era grande. Pepe no tenía el cuajo suficiente para robarlo, así que se dedicó a la venta de información:
- Vendía horarios y oportunidades a los ladrones para hacerse con el mineral
- Vendía a la Guardia Civil las horas y las rutas de esos mismos ladrones
De los ladrones cobraba en efectivo y de la Guardia Civil cobraba una recompensa en especie del botín recuperado. Pepe juntó así muchos sacos de wolframio y no quedaron testigos de su doble juego que le pudiesen molestar, gracias a la puntería de los guardias. Pero todo acaba por saberse, aunque te vayas lejos de tu pueblo, y la gente procuraba evitarle. La espalda se le inclinó pronto y la vejez se lo llevó rápido. Muy rápido, mucho antes de que Jemiro dejase la Mekinsa. Tal es el poder de los venenos del alma. Sus herederos partieron en mil parcelas la finca, restaurando el sacrosanto minifundio. El caserón, vacío durante décadas, fue adquirido y restaurado (con muy buen gusto por cierto) hace poco. La Mekinsa ya no existe y en su solar se han edificado chalets de lujo (es lo que tiene hacer fábricas al lado de la playa).
Todas las minas de wolframio han cerrado; Fontao, San Fins, Monte Neme, As Sombras… Pero no están muertas, sólo duermen. Si se interrumpe el flujo de este metal desde China y nos vemos envueltos en otra gran carnicería como la del 39, podéis estar seguros de que las minas despertarán. Y el wolfram volverá a esparcir su veneno sobre nosotros.
Leí hace unos días una anotación en Microsiervos acerca de los Santos Griales de la Ciencia. En el campo que me toca, la Biología, hay una pequeña incorrección. Escriben lo siguiente:
Biología: Lograr la inmortalidad biológica en seres humanos; construir una célula partiendo de sus componentes y materiales originales; entender cómo funciona completamente el código genético.
Es una imprecisión muy extendida: confundir información y código. Entiendo que no es fácil, las cuestiones semánticas relativas a las Teorías de la Información exigen un conocimiento bastante formal de la lingüística. El código genético está más que descifrado, sabemos perfectamente cómo funciona y qué idioma bioquímico habla. Sabemos qué secuencias de ADN contienen información para construír proteínas, qué proteínas se construyen y cuál es su secuencia de aminoácidos. El problema no es el código, es la información que ese código proporciona. El misterio no está en lo que dicen los genes sino en cómo hablan. Por qué unos guardan silencio y otros hablan como cotorras. Por qué algunos, que siempre están callados, de repente empiezan a hablar. Para qué sirven esas inmensas regiones de ADN que, sin contener información útil para construír proteínas, influyen en las que sí la tienen.
El misterio, el santo Girial, está en la Regulación y la Expresión Genética, no en el Código Genético.
19 Enero 2007
Doy comienzo a una nueva serie de post temáticos, titulada Rencores y que dedico a Kaleidoscope Girl en honor a su fascinación por historias como las que voy a relatar.
Me lo he planteado como ejercicio de higiene mental, no tanto propia como de mi entorno cercano, pues dichas historias no me involucran a mí más que como oyente del relato de quienes las vivieron. Son bastante antiguas, pero encierran las mismas mezquindades y horrores que cada uno de nosotros puede encontrar en sus peores momentos. La mayoría me fueron contadas a partir del momento en que mi familia me consideró un adulto, ya que son cosas de las que nunca se habla en presencia de los niños. De ahí que para mí signifiquen mucho y hasta les tenga cierta forma de cariño a pesar de lo horrorosas que son. Espero no disgustarles demasiado.

Nunca le vi caminar. Siempre salía de su casa en aquel enorme Mercedes blanco (un 240 creo que era). Se apellidaba Villalarga (por poner un apellido) y murió hace algunos años. Mi abuelo le conocía bien, pues era el suegro de uno de sus hermanos. Los matrimonios establecen extraños lazos, pero es algo inevitable en los pueblos pequeños. Jamás hablé con él pese a frecuentar bastante su casa cuando venía de visita mi tio-abuelo Paulino, que en paz descanse. Tampoco me gustaba. Era un señor ruin, engreído y con cierto deje atormentado.
Con los años supe acerca de los fantasmas que lo atormentaban. En los tiempos previos a la Guerra Civil, este señor militaba entre las filas republicanas. Todo un comunista convencido, activo y luchador. Pequeño empresario a bien con los que nos gobernaban entonces. Pero las cosas se torcieron un mal día de 1936. Un grupo de militares sublevados empezó el pulso al gobierno, pulso que se convirtió en una de las Guerras Civiles más crueles y sangrientas que esta Iberia nuestra ha tenido el dudoso honor de engendrar y padecer. Nuestra pequeña esquina del mundo quedó enseguida bajo el control de los sublevados y Villalarga empezó a sudar frío. Hombre pragmático y calculador, viró su camisa y se colocó una vez más al lado de los vencedores. Para asegurarse una buena posición y dejar bien clara su devoción y fidelidad al nuevo Amo, vendió a sus compañeros de partido (un claro ejemplo del sacrosanto “Mejor-tú-que-yo”). No sólo los delató, sino que condujo personalmente la cuadrilla de detención a los escondites en los que intentaban pasar desapercibidos.
Los fueron cogiendo a todos. Pero uno de ellos no estaba donde él esperaba encontrarlo. Fueron a su casa y allí montaron un interrogatorio a la vieja usanza. Ya sabéis, gritos, insultos, patadas en los riñones, la pistola en la mano todo el rato y “os-voy-a-matar-a-todos-como-no-me-digáis-dónde-está”. Lo de siempre. En la casa sólo estaban la madre y el hermano pequeño del susodicho rojo, que a la sazón contaba con 13 años de edad. Le llamaremos Ramón, por llamarle de algún modo.
Pasaron los años y Ramón se hizo mayor, pero la miseria y la enfermedad le mermaron la salud y la cordura. En los últimos años ya no era muy dueño de sí mismo y acostumbraba a vagar por los caminos. En aquel entonces la aldea era aldea, no como ahora, que es parte del continuo urbanístico del pueblo. Los caminos eran más solitarios y solían estar alfombrados por el barro de las lluvias y las boñigas de las vacas.
Un mal día Villalarga volvía andando del pueblo cuando se encontró con Ramón en la soledad del camino. Sin mediar palabra, Ramón se abalanzó sobre él, derribándole. Una vez en el suelo le inmovilizó y fue entonces cuando habló. Le recordó cómo habían entrado aquella noche en casa, buscando a su hermano. Le recordó cómo habían aterrorizado a su madre y cómo él, personalmente, agarró a aquel chaval de 13 años por los pelos, lo zarandeó y tiró al suelo. Mientras relataba todo esto, Ramón, para dar énfasis a su discurso, obligó a Villalarga a comerse una boñiga de vaca. Puñado a puñado. Toda entera.
Cuando acabó el ágape le dejó ir y Villalarga llegó a su casa pálido y vomitando. Nunca más volvió a ir andando al pueblo. Se compró el Mercedes y anduvo con él hasta el fin de sus días, a pesar de que Ramón murió mucho antes que él.
Al conocer la historia entendí porqué aquel señor arrogante siempre llegaba pálido y aterrado, hundido en el asiento de su Mercedes, cada vez que subía la cuesta que le llevaba a casa.
18 Enero 2007
En ciertas ocasiones he leído críticas acerca de los mundos de la Ciencia Ficción, en las que reprochan a los autores cierta visión pesimista. Salvo raras excepciones, los lejanos futuros de la Humanidad se dibujan siempre con un telón de fondo en rojos y amarillos: los colores de la guerra. Siempre en conflicto, bien sean imperios interestelares y de múltiples especies o bien sea una Humanidad numerosa, extendida por muchos mundos, guerreando entre sí por el control total. A esta segunda categoría pertenece el universo de Battletech.

Personalmente estoy de acuerdo con la visión pesimista. No importa lo lejos que lleguemos. No importa la cantidad de conocimiento que lleguemos a reunir. No importa lo mucho que hemos sufrido ni lo que podamos sufrir. La Guerra nos acompañará donde quiera que vayamos. ¿Qué es lo que empuja a una sociedad presuntamente civilizada a tomar el camino de las armas? Hay muchos motivos, pero tras todos ellos, lo que subyace siempre es el individuo. Y a los individuos la guerra les seduce con su señuelo más delicioso: las emociones.
No hay odio ni amor capaces de igualar a la intensidad de lo que se siente al verse envuelto en un combate a muerte. El miedo a morir, combinados con el ansia de vencer o simplemente de prevalecer en medio del horror y la locura colectivas, produce una sensación tan intensa que nadie es capaz de apartarla de su recuerdo una vez vivida. Se agarra a lo más profundo de nuestro Sistema Límbico (eso que algunos llaman el cerebro de reptil, por lo antiguo de la zona evolutivamente hablando), nada es capaz de echarlo de ahí y cualquier otra emoción es ridículamente insulsa comparado con ella. KaleidonerdGirl Kaleidoscope Girl recoge el testimonio de un veterano de Vietnam que explica muy bien a qué me refiero.
Tras 10.000 años de Guerra la Humanidad conseguirá extenderse por las estrellas, y continuará despedazándose a sí misma por medio de una casta de guerreros que combinan la mentalidad medieval del caballero de armadura completa con el pragmatismo de la lucha mecanizada. Sustituirán las riendas de los caballos por los mandos de gigantescas máquinas acorazadas, con la potencia de fuego de toda una sección de blindados. El suelo volverá a temblar bajo pezuñas metálicas y el miedo se extenderá una vez más con el estruendo de las armas y el humo de los incendios.
Estamos condenados a matarnos mutuamente. Así ha sido y así será, dice la Biblia, desde los tiempos de Caín. Y efectivamente, seguiremos matándonos unos a otros… a menos que durante nuestro viaje por las estrellas, encontremos a otros seres más o menos avanzados a los que aniquilar (aunque probablente también encontremos tiempo y ocasión para disfrutar del legado de Caín en pleno proceso).
Eros y Tánatos se disputan la balanza de nuestros actos. Desde mi punto de vista, Tánatos siempre gana. La paz es sólo un espejismo, inalcanzable, sólo conseguimos rozarla en algunos instantes. El resto es todo lucha.
Me quedo con la frase de Battletech:
“The only true peace for a Mechwarrior is Death“
15 Enero 2007
Según un artículo del Correo Gallego, hay al menos 25 especies en peligro de extinción en nuestra pequeña esquina del mundo (o sea, Galicia). Como los enlaces del Correo son muy inestables y tienden también a la extinción, reproduzco aquí la noticia:
PELIGRAN 25 ESPECIES DE ANIMALES
La pita do monte, el arao y el mazarico real son las tres aves más amenazadas ·· Apenas una decena de parejas reproductoras de águila real viven en las sierras surorientales ·· La presencia del oso en tierras gallegas se reduce ahora a visitas esporádicas
AGN • SANTIAGO
Hasta 25 especies animales se encuentran en la actualidad en peligro de extinción en Galicia. Las malas prácticas en materia de medioambiente, la contaminación, el deterioro de los hábitats, los efectos del fuego en los bosques de la comunidad y otras cuestiones, como la caza, son las principales amenazas. En la supervivencia de determinados animales influye también la introducción de especies foráneas, la intensificación agrícola, o el uso de pesticidas.
Las aves son las más amenazadas. De hecho, 13 especies diferentes se disputan ahora entre la existencia o su desaparición, por causas diferentes.
El águila real (Aquila chrysaetos), que únicamente se encuentra en las sierras surorientales gallegas, fundamentalmente en Ourense, aunque apenas son 10 las parejas reproductoras, está en esta situación. Su mortalidad se debe, según un informe de la Consellería de Medio Ambiente, a las líneas eléctricas y parques eólicos, así como a la persecución directa que sufren, con cebos envenenados, disparos o a través del expolio de sus nidos.
Las tres especies más amenazadas son, sin embargo, la pita do monte, el arao y el mazarico real. Cada una de estas especies no suma cinco parejas reproductoras. De hecho, la pita do monte (se encuentra sólo en Os Ancares) se da por prácticamente extinguida, a causa de la competencia con otras especies y las molestias humanas en las áreas de reproducción.
Mamíferos y reptiles
En el grupo de los mamíferos, el oso (Ursus arctos) es el único que en la actualidad se encuentra en peligro, si bien su presencia se reduce a las visitas que realizan a las sierras orientales ourensanas.
Entre los vertebrados, se encuentran también en peligro de extinción tres especies de reptiles. Se trata del escáncer de patas ibérico, cuya existencia se ve perjudicada por la pérdida de su hábitat a causa de la presión urbanística y el turismo; y de dos tipos de tortugas: la “tartaruga de coiro”, habitual en la costa gallega, está amenazada por las capturas accidentales en artes de pesca y por la contaminación marina, mientras que el “sapoconcho común” encuentra también la competencia de otras especies introducidas en Galicia dificultades para su supervivencia.
Respecto a los invertebrados, la amenaza de desaparición afecta a cuatro especies de moluscos y a otros tantos artrópodos.
Los que no sean gallegos, habrán estudiado en el colegio que la peculiaridad de esta región, además de agropecuaria y atrasada, es la dispersión de la población. Esa es la causa principal de los problemas medioambientales gallegos: la falta de ordenación del territorio y la dispersión de los pobladores. Aunque más que pobladores habría que decir saqueadores. El concepto gallego de propiedad de la tierra se basa en “hago lo que me da la gana aunque eso lleve a la completa destrucción de mi entorno”. Los animales no son vecinos o cohabitantes del espacio en que vivimos: no, son alimañas (todo lo que no dé beneficio económico o culinario es englobado en la categoría alimaña), y todos sabemos que las alimañas pueden (y deben) ser aniquiladas. Nos eregimos en amos y señores de la Tierra y ejercemos sobre sus habitantes derechos de soga y cuchillo… y los ejercemos con generosidad, con alegría.
25.
La lista me parece corta y el número pequeño. En realidad son muchos más, pero la falta de censos y seguimientos de campo impide dar la cifra real. Lo cual nos viene de maravilla; ojos que no ven, genocidio que no se siente.
10 Enero 2007

“Dejémoslo claro: o hablas o te enviamos a la superficie con un abrigo de poliestireno”
El humor nunca sobra. La imagen la encontré merodeando por ahí.
Estructura molecular de la amoxicilina

Responde a este nombre una sustancia química empleada como medicamento. Se trata de un antibiótico, concretamente de un derivado de la penicilina. A estos derivados se les conoce como semisintéticos ya que a partir de penicilina obtenida a base del cultivo de Penicillium notatum, se manipula para mejorar sus cualidades. La penicilina sólo puede ser administrada por vía intramuscular (el pinchazo en la cacha) o por vía parenteral (el pinchazo en la vena). Ambas vías son bastante incómodas para un paciente con una infección leve y requieren de personal cualificado para poner inyecciones. Para paliar esto se buscó una penicilina que pudiese resistir los jugos gástricos y así ser administrada por vía oral, la más cómoda y práctica para el paciente. De esa búsqueda surgió la amoxicilina, que además de ser administrable por vía oral, afecta a más especies de microorganismos que su precursora (tiene un espectro de acción más amplio). Actúa impidiendo la formación de la pared bacteriana, por lo que ésta acaba literalmente reventando. Imaginaos que os diesen un veneno que impidiese la formación de piel. Al cabo de un tiempo, se os caería a tiras y moriríais de un modo bastante gore. Pues más o menos es eso lo que le ocurre a las bacterias sensibles a los betalactámicos (se llaman así los antibióticos que tienen esa forma cuadrada en el centro de la molécula, conocida en Química Orgánica como anillo betalactámico).
Adoro las penicilinas y a los antibióticos en general. Además de tener unas bellísimas estructuras moleculares, son en mi opinión el mayor descubrimiento de la Historia de la Medicina. Les debemos, ya no solamente el haber salvado millones de vidas, sino también el ahorrarle a la Humanidad cientos de miles de millones de horas de DOLOR, así, con mayúsculas.
Estas navidades tuve una fuerte infección de garganta. De las malas malísimas. De esas que duelen al tragar, duelen al masticar, duelen al hablar, duelen al respirar. DOLOR. Dolor infame a todas horas. Un dolor que no hay analgésico que pueda calmar. Aguanté 5 días así con la esperanza de que se me pasase. Pero solamente fue a peor. Finalmente, recurrí a la Medicina del Hombre Blanco y acepté el Clamoxil. Me costó una caja y media de antibiótico, unos 10 días de tratamiento, deshacerme de los dichosos microbios. Pero al menos dejó de dolerme la garganta en cuanto tomé el primer sobre.
Hagamos cuentas. Pasé 5 días de dolor ininterrumpido, excepto durante las horas de sueño profundo. Eso vienen a ser unas 70 horas de dolor. Y sólo tenía una infección de garganta. Ahora coged todas las enfermedades bacterianas dolorosas (que son TODAS las infecciones) y multiplicadlas por el número de pacientes. Sale una cifra descomunal, ¿verdad? Pues ahora multipliquemos esa cifra enorme por el número de horas de dolor que se padecerían hasta la curación natural o la muerte. Si además le aplicamos el factor de corrección de que una misma persona sufre varias infecciones a lo largo de su vida, tendremos que los antibióticos son, sin duda, la medicina que más dolor le ha ahorrado a la Humanidad.
Las infecciones bacterianas son enfermedades universales. Afectan al 100% de la población mundial. Nadie está a salvo de ellas. Tuve un compañero de piso que era estudiante de Farmacia y solía decir, con mucho acierto, que si llegas a viejo (muy viejo), morirás de una infección. Todos padecemos infecciones antes o después, de un modo u otro, leves, graves o letales. Sin duda, el Dr. Fleming nos abrió el negativo de la Caja de Pandora el día que levantó la tapa de aquella Placa Petri contaminada con Penicillium notatum.
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