Desde el pasado 23 de Agosto, fecha del nacimiento de mi hija, no he vuelto a saber lo que es dormir más de 4 horas seguidas (en general suelen ser 3). Es lo que pasa cuando uno se implica en la crianza de los vástagos.
En principio deberíamos haber desarrollado un cuadro clínico de privación prolongada del sueño. Sin embargo, más que alteraciones, estoy experimentando un cuadro de adaptación. Cierto que he perdido algo de peso, capacidad de concentración y a veces me irrito más de la cuenta por nimiedades. Pero ni mucho menos lo que debería ser como ya me ocurrió en otras ocasiones.
El fenómeno de acomodación a la privación del sueño por atenciones al lactante, se caracteriza por una curiosa redistribución de los tiempos en las fases del sueño. La fase REM, que en condiciones normales tarda de 10 a 20 minutos en llegar, te arrolla como un tren de mercancías en cuanto cierras los ojos. Los ciclos se acortan muchísimo, con lo que tienes muchos más episodios oníricos en menos tiempo de lo habitual. Por decirlo de algún modo, tu cerebro está overclockeado.
El único problema que le veo a este fenómeno adaptativo es la desaforada actividad onírica. Los sistemas de amnesia que habitualmente funcionan, no lo hacen tan bien ahora. Lo cual se traduce en un montón de sueños absurdos que recuerdas al despertar y lo que es peor, de pesadillas recurrentes. Han vuelto los dos grandes clásicos:
-Sueño que no he dejado de fumar o bien que vuelvo a recaer en el vicio.
-Sueño que me llega la comunicación de que ha habido un error con mis notas del Instituto/Carrera y que debo volver a examinarme de Matemáticas/Física/Estadística, para que mis títulos no queden invalidados.
Horrible.
Paciencia, ya se me pasará.