Category: Odio
10 Septiembre 2007
Leí ayer en la prensa seria que el precio de los cereales va a subir. Cosas que tiene lo de la macroeconomía, importación-exportación y los mamoneos descarados de las cuatro multinacionales que controlan el 40% del cereal que se mueve en el mundo (lo cual es una auténtica salvajada).
El caso es que, aplicando la lógica mercantil, si sube la materia prima, sube el producto elaborado. Cosas del capitalismo. Hasta ahí nada que objetar. El problema viene a tenor de que unas cuantas líneas más abajo, nos advierten que los especuladores van a tirar del precio y a subir la barra de pan hasta un 40% más. Los muy caras encima le echan la culpa a los biocombustibles, los cuales no se llevan ni el 2% de la producción.
Las autoridades competentes estiman que la subida honesta sería del 10%, que lo de inflar los precios así sería una burrada. Dice el Gobierno que si tal cosa ocurre tendrá que intervenir, que no va a consentir ese abuso.
Tengo dudas.
Ese discurso ya lo hemos oído antes. Concretamente durante la implantación del Euro. Nos decían que lucharían contra el redondeo abusivo… y ellos fueron los primeros en subir todas las tasas con la regla de 100 pts.= 1€, con el consiguiente encarecimiento de todos los servicios gubernamentales.
A veces hago pan en el horno de casa. Sólo a veces, porque no compensa el gasto energético que supone hacer las barras con respecto a comprarlas en la panadería. Me temo que voy a tener que sacar la calculadora y hacer números. Me temo que me va a compensar hacer yo el pan. Porque en este país de malnacidos e hijosdelagranputa (también llamados pícaros y especuladores), donde todos buscan cobrar del lomo ajeno y no dar golpe con el propio; donde todos se apuntan a disparar los precios de las cosas (si va bien porque va bien, si va mal porque va mal) no duden que nos van a cobrar la barra de pan a precio de percebes en Navidad. El próximo lujo derrochón no serán las angulas, será el bollo de pan.
6 Agosto 2007
Tal vez se acuerden de Fray Jorge de Burgos. Me refiero al personaje de Umberto Eco en su obra “El nombre de la rosa”. Si fray Jorge viviese en estos tiempos seguro que estaría implicado en la locura que nos sacude últimamente. Y si no lo estuviese, seguro que aplaudiría encantado (si es que alguien tan adusto fuese quien de una muestra de emoción tan evidente y escandalosa).
Fray Jorge escudaba su represión de la risa y el humor en el nombre de Dios. Hoy vivimos una nueva represión en nombre de la tolerancia, el buenrrollito, lo políticamente correcto. El ejemplo más escandaloso ha sido sin duda el secuestro de la revista satirica “El Jueves”, pero no es el único. No sé si inspirados por tan noble acción, o simplemente por coherencia con la sinrazón que nos invade, alguien ha pedido la retirada de un cuento de Gianni Rodari.
Hablemos de Rodari. A muchos les sonará este apellido por que quizá hayan leído algo suyo en la educación primaria a instancias del profesor de Lengua Española. Fue escritor, maestro y pedagogo; sabía lo que hacía cada vez que publicaba una línea de texto. Y no era precisamente un facha o un carca, sino todo lo contrario. Entre su obra encontramos, además de fantasías infantiles, inflexibles sátiras humorísticas contra ciertos aspectos sociales. Esa es la palabra clave: SÁTIRA.
Las personas responsables del área de Igualdad y Mujer del Ayuntamiento de Estella son, por lo visto, incapaces de apreciar la diferencia que existe entre la sátira y el ensayo. Su crítica inquisitorial a Rodari me recuerda a los victorianos del s. XIX que tapaban las mesas con gruesos cobertores de terciopelo pues “… la forma torneada de las patas podía sugerir el miembro viril erecto y despertar así la lujuria en las virtuosas mujeres…” (les aseguro que esto es verídico, no me lo estoy inventando). Al igual que los mojigatos victorianos veían penes erectos por todas parte, nuestros buenrollistas ven violencia y agresión por doquier. Condenar y censurar a Rodari por apología de la violencia doméstica es tan ridículo como pedir la destrucción de todas las copias de “El gran Dictador” de Chaplin por apología del nazismo.
¡¡Menos mal que este blog lo lee poca gente que si no los buenrollistas tomarían nota de la idea… y pedirían el cierre de mi bitácora por apología de la sátira!! Fray Jorge de Burgos debe estar orgullosísimo de esta nueva forma de mojigatería.
1 Agosto 2007
Después del monumental atropello que supuso el secuestro de “El Jueves”, nuestro encantador Poder Judicial nos regala una nueva perla:
Han condenado a Gámez, el alma de Magonia, a una multa de 6000 € por faltar al honor (WTF????!!!)de J.J. Benítez, ese conocido ufólogo charlatán y patrañero (¿me condenarán a mí también por esto? ¡Estoy temblando de miedo!). Precisamente por eso: por llamarle charlatán y patrañero (más concretamente mentiroso y tergiversador profesional).
La historia completa, con todo el culebrón judicial, pueden leerla aquí (ojo que es un post muy largo).
Lo dicho, una vez más comprobamos que en este putiferio de país, no todos somos iguales ante la Ley, y que la Ley no tiene nada que ver con la Justicia.
24 Abril 2007
Mi bisabuela era en muchos aspectos una mujer de su tiempo. Madre de prole numerosa, trabajadora infatigable, reñía mucho, se quejaba poco. Era dura como un pedazo de hierro. También era muy religiosa, “buena cristiana y temerosa de Dios” que se decía entonces. Como ya les dije, toda la familia estaba ligada a la humilde parroquia de entonces, teniendo además amistad personal con Don Antonio, el encargado de aquel revuelto redil que conformaba el vecindario entre los años 30 y 40.

Mientras Europa ardía por los cuatro costados, España, famélica, se ocupaba de sus propios asuntos con un ojo mientras con el otro le hacía guiños a Alemania e Italia, amigos de los vencedores en la reciente carnicería fraticida. Ajenas a estos devaneos transcurrían las jornadas en nuestro pequeño rincón del mundo. En aquellos días apareció un tema de máximo interés y urgencia que requería la atención de las gentes… y de su dinero.
Tienen por mala costumbre las techumbres de madera el estropearse al cabo de varias décadas, sobre todo si no se cuidan ni se han construído como es debido. En tal tesitura estaba la cubierta de la iglesia parroquial. La construcción y reforma sufragada por nuestro penefactor parroquial allá por el 1909 (de quien también guardo ciertos rencores que veremos más adelante) adolecía de carcomas y podredumbres en sus maderas. Así pues, se organizó una colecta para rehacer el tejado.
Una tarde cualquiera, de camino a casa después de las labores del campo, se encontraron Don Antonio y Regina. Díjole mi bisabuela con cierta vergüenza al párroco, que en aquel momento no disponía ni de un mal patacón que echar a la cesta, pero que pondría todo su empeño en rascarlo de algún sitio para poder contribuír al esfuerzo colectivo. Contestó Don Antonio que no se preocupase, que cada cual hace lo que puede. Ante la insistencia de Regina en cuanto a lo de conseguir el dinero aún a costa de (mayores) privaciones, el cura miró a derecha e izquierda y le respondió tras un breve silencio con estas palabras:
Mira Regina, nosotros no trabajamos y por tanto de algo tenemos que vivir. Sois vosotros los que nos pagáis las cosas. Somos una organización y como tal tenemos que buscarnos los dineros como podamos. No te preocupes por Dios. A Él ya le vale con tus oraciones, sean en la iglesia o sean en el campo. Guarda el dinero para tus hijos, que Dios no lo necesita y ellos sí. Rézale a Dios, que si hay Dios en el Cielo eso le bastará… y si no lo hay, pues no has perdido nada.
Así habló Don Antonio, cura párroco de una bulliciosa aldea en la España de los años 40.
31 Marzo 2007
Hace algún tiempo leí las críticas a cierta noticia relacionada con el mundo de la Educación. Era acerca de uno de esos informes tremendos y tremendistas, esos panfletos que pretenden agitar conciencias por la vía de alarma social:
Los expertos vinculan el fracaso escolar al consumo de drogas
Los eruditos de visión preclara nos dicen que si los chicos toman drogas se les reblandece el cerebro y fracasan en la ESO. ¡Pues claro que sí! Si vas ciego de costo a clase es obvio que no te aprenderás la lista de fanerógamas para el examen de visu o la lista de obras de Antonio Machado… o la lista de lo-que-sea (póngase aquí el fantasma traumático escolar de cada uno).
Vamos a ver. Si un joven tiene un problema de drogas, entonces el menor de sus problemas es aprobar o no la ESO. Esta es una obviedad que el informe manipula torticeramente:
“Lo que ocurre no es que nuestro modo de enseñar sea una porquería ineficiente , es que es culpa de que los padres no se lo curran, los alumnos no se implican o son unos drogatas que sólo piensan en el costo y la coca del fin de semana.”
Lo que sea con tal de no asumir sus propias responsabilidades. En el colectivo de profesores de secundaria existe lo que yo llamo el Sídrome de Anorexia Aguda. Me explico. En la Educación hay un marrón tremendo, una grandísima boñiga de vaca diarreica. Como si fuese un pastel, estamos todos alrededor de ella. Y a todos nos toca comernos nuestro trozo del pastel. A TODOS, sin excepción. Padres, alumnos, profesores y Administración. Toda la comunidad educativa tiene su parte de responsabilidad, su trozo del pastel. Pero la mayoría de los profesores de secundaria (los de primaria son infinitamente más honestos) se declaran a sí mismos libres de mancha, ni tacha, ni responsabilidad en el asunto. E igual que una chica anoréxica, retuercen la realidad, amplifican hechos aislados y los convierten en excusas para no comerse su trozo del pastel.
Por cierto, el El Periódico de Aragón debe tener unos periodistas de los más cavernarios, porque nos regala perlas así constantemente. O eso, o lo financia directamente el ANPE (un sindicato fachilla de profesores anoréxicos de la responsabilidad). Es muy penoso verles tirar balones fuera, desviar la atención con cualquier chuminada que pillen por banda. Todo con tal de mantener un status quo en el que no dan un palo al agua:
“¿La culpa? De todos menos mía. ¿Las cuentas? Pídeselas al Rey o al Maestro Armero o a Rita la Cantaora. Al que te guste más. No te quejes, te doy para elegir.”
26 Marzo 2007
Atención, el contenido de este post es algo más canalla de lo habitual. Sepan que si siguen leyendo es bajo su propia responsabilidad. Después no digan que no les avisé.
Cuando estaba en el instituto, llegó hasta nosotros la moda de la cirujía estética. En aquel momento eran las rinoplastias. Resulta que todas (y algunos todos) tenían problemas de sinusitis o respiraban mal por desviaciones del tabique nasal y claro, había que ponerle remedio agenciándose una nariz prefabricada. Una nariz clónica con otros cientos de narices quirúrgicas.
Después fueron los implantes de silicona para el pecho. Por lo de la autoestima, el autoconcepto del propio cuerpo y tal y cual. Esa moda no la viví de cerca. No conozco a nadie que se los haya puesto, pero todos sabemos cómo arrasa el tema en el mundo del espectáculo y la vanidad exacerbada. Ha calado tan hondo que incluso ha modificado profundamente la estética del erotismo y el porno. Pero no quiero entretenerme con eso. Vayamos más abajo.
Ahora resulta que hay muchas señoras que no se sienten a gusto con el aspecto de su vulva. Ya había leído algunas cosas al respecto, pero creí que el asunto no se generalizaría como lo de los pechos de silicona. Pero no. Leo en la prensa seria que ahora hay muchas señoras que demandan arreglos en los bajos porque “les molesta para hacer actividades deportivas como montar a caballo o andar en bicicleta”.
O_O
Y digo yo. Si las principales usuarias de la cirujía de labios vaginales son señoras que han tenido hijos o que gastan cierta edad, ¿A qúe viene lo del deporte? ¿Tienen pensado a sus años convertirse en la nueva revelación de la hípica o el ciclismo femenino? Me recuerda a la excusa patética de ciertos hombres que se depilan el pecho “porque hacen natación”. Y te lo dicen como si fuesen portentosos amateurs dignos de representar a su país en las próximas olimpiadas.
Lo que ya no intentan justificar es la revirginización. De todas las intervenciones es la que considero que más se acerca al verdadero motivo de todo esto: el sacrificio a los demonios interiores. No es buena cosa darles de comer, pero aquí tenemos a un montón de energúmenos dispuestos a echar gasolina al fuego y cebar bien cebaditos a nuestros miedos totémicos.
La Petit Claudine hace un análisis de la cuestión que me gustó mucho. Entre las razones en contra de tanta vaginoplastia que cita, la que más me gusta a mí es esta:
- Es una intervención dirigida a mujeres inseguras por hombres dominantes y médicos codiciosos.
Me parece la más ruín de todas. Es el cierre del círculo, el maridaje perfecto de intereses sociales con intereses… ¿cómo decirlo?… ¿”froidianos”? La verdad, a veces me sorprendo a mí mismo por ser tan ingenuo con ciertas cosas. Creer que la cirujía estética de la vulva no iba a calar en la sociedad, que se iba a respetar ese último reducto anatómico… En fin. Cómo no va a salir adelante la modificación del aspecto más femenino de todos en una sociedad que aplaude el abuso de la episiotomía, aplicando de forma rutinaria un procedimiento extraordinario. Y sus defensores sostienen sin pudor que “produce un estrechamiento vaginal que anula la dilatación de la cavidad que deja el parto.” Claro. Es fundamental que la vagina de las mujeres no se anchee, que vamos justitos de pene y luego no tocamos banda.
La cirujía estética es un avance maravilloso. Corrige las secuelas de traumas, las malformaciones congénitas, los destrozos de accidentes y enfermedades. Pero usarla para exigir, para imponer un modelo físico a la mujer y uniformarlas al gusto de los autodenominados machos alfa, me da arcadas y me subleva. A veces me gustaría agarrar a ese colectivo al que odio y respeto a partes iguales, que son los médicos y sacudirles cuatro bofetas, dos del derecho y dos del revés mientras les grito “¡¡Despierta gilipollas!! ¡¡Deja ya de hacer el cretino!!” La cirujía estética sirve para restaurar daños. Considerar el parto como un daño, un accidente traumático, me parece atroz.
Como manifiesto de este servidor contra los insuficientes que viven con el miedo de no tocar banda en la vagina de sus mujeres, les dejo un poema de Sergio Mora (encontrado gracias a hurgar en el blogroll de la señorita Pussy Galore):
***
estoy harto de tópicos y roles entre hombres y mujeres
La mujer no se siente cómoda con el término “sexo débil”
Pero después es el hombre el que tiene que actuar como un “macho” y atacarlas y cazarlas como a un cervatillo indefenso.
Yo también tengo derecho a sentirme cervatillo indefenso.
¡Vivan las mujeres violadoras!
9 Marzo 2007
Frente a la casa de mis abuelos hay un cruceiro. Es muy antiguo. Lo mandó construír mi tatarabuelo en un gesto de piedad hacia los difuntos. En aquel tiempo, la iglesia que es hoy era entonces apenas una capilla. Tenían las gentes por costumbre enterrar a sus muertos justo al lado del templo, alrededor de él. Así teníamos un montón de lápidas rodeando la iglesia. Otra costumbre era (y es) la fiesta del Sacramento. En dicha celebración religiosa, la Custodia sale en procesión. En los tiempos de mi tatarabuelo la procesión daba la vuelta a la iglesia, pisoteando las lápidas apiñadas a su sombra. Siendo, como les dije, un hombre piadoso mandó construír un cruceiro frente a lo que entonces era un telar de su propiedad, muy cerca de la iglesia. Así la procesión podría sacar la Custodia y rendir culto ante un cruceiro con altar sin pisar las losas de los muertos. Desde entonces es como se hace todos los años.
Es de los más hermosos que he visto y he visto muchos. Está hecho de lo que llamamos entre nosotros “granito blanco”, una piedra suave y agradecida para trabajar. Tiene una plataforma con tres gradas y un altar a sus pies (cosa bastante inusual). Un pie liso, sin inscripciones. Su fuste octogonal se acopla a la cruz con una argolla de acero y el capitel, sin adornos, da paso al calvario con Cristo crucificado en un lado y la Virgen llorosa en el otro.
A Cristo le falta la mano derecha.
Fueron momentos de euforia, pero la euforia no siempre es alegría. A veces se desboca y se convierte en el tumulto de las aguas salvajes. Un torrente de furia que arrasa cuanto se pone a su paso. En Mayo de 1931, alimentado por las lluvias de la proclama republicana, se formó un torrente que enfiló hacia las iglesias, edificios y monumentos ligados al clero. En nuestra esquina del mundo un grupo de exaltados pedía cerillas y haces de leña para quemar la iglesia. La noche les prestaba el traje y el vino, generoso y abundante, hacía de combustible para el motor de sus ideas. Como quiera que no consiguieron a tiempo los otros combustibles (o no reunieron el valor para conseguirlos, pues no es cosa tan difícil de hacer), el regato, que no torrente, se desvió hacia el cruceiro. Frente a su altar se reunieron, no para las ofrendas, sino con ánimo de descolgar a Cristo por las bravas. En esas estaban cuando Regina, mi bisabuela, se enfrentó a la turba. Con el arrojo que da el defender memoria, fe y patrimonio familiar, se enfrentó a la turba armada con dicho arrojo y una azada. Negoció con los exaltados un trato muy simple: dejáis al Cristo en paz y yo no os rompo la crisma con la azada. Tal era el aplomo de aquella mujer, tan certeros sus golpes y tan temible su ira, que poco a poco, unos por miedo, otros por vergüenza y otros (los menos) por decencia cristiana, fueron reculando. Mas hubo uno al que el rencor le espoleó, cuando estaba a una distancia prudencial de la azada de Regina, a tomar una piedra de tamaño regular y lanzarla con notable puntería contra el Cristo. Tal fue la pedrada que desde entonces a Cristo le falta la mano derecha.
26 Enero 2007
Siempre me ha apasionado la Historia, la que se escribe con mayúsculas, y por supuesto, su hermana pequeña la Arqueología. Yo pecador, confieso que Indiana Jones ocupa un puesto de privilegio entre mis héroes infantiles. Eso me hace estar muy atento cuando se mueven tierras y muros, pues si abres bien los ojos verás vestigios donde otros ven escombros. El ejemplo más claro de ello pertenece a esta serie de los Rencores.
Mi abuelo y uno de sus primos (llamémosle Moncho) comparten lindes y muro con la finca del cura. Dicha divisoria está hecha de mampostería a la vieja usanza; es decir, piedras más pequeñas que grandes, irregulares y asentadas con tierra (el cemento era entonces un lujo de la alta ingeniería civil y militar). Cuenta el dicho muro con casi 100 años de antigüedad. Adoro los muros de mampostería, pues custodian muchos secretos entre sus piedras y tierra, merced a la costumbre que tenía la gente de esconder cosas pequeñas entre sus rendijas. La tapia de la que hablamos, además de vetusta, no fue muy bien construída, por lo que ha sufrido varias reparaciones, yo mismo participé en dos de ellas. La última y más importante la hizo el primo de mi abuelo allá por el año 93. Para acceder a la finca de mi abuelo hay que cruzar por la de su primo, cosas del minifundismo y las herencias. Así que, durante los trabajos de derribo de la parte estropeada, tuve ocasión de pasar por allí. Mientras Moncho y sus canteros retiraban piedras, me fijé en la tierra de los escombros y lo vi: el inconfundible tono verdoso del bronce oxidado. Un pequeño objeto semienterrado que había pasado desapercibido a todos. Me acerqué a él creyendo adivinar lo que era. En efecto, al retirar la tierra con la mano vi la inconfundible forma cilíndrica de un casquillo de rifle. Sospeché inmediatamente de la procedencia de tan extraño objeto (extraño digo para el lugar en que nos encontrábamos). Con el poco ortodoxo método de humedecer el dedo en saliva, limpié la base del cartucho en busca de pruebas y encontré dos cosas:
- El fulminante no tenía la marca del percutor, por lo que el cartucho no llegó a ser disparado.
- Su inscripción de fábrica era P S 1933, lo que indica que se fabricó poco antes de la Guerra Civil.
 
Comenté en voz alta que el cartucho no había sido disparado y que la bala aún tenía que estar por allí. Pero cuando me disponía a buscarla, los canteros me fulminaron con la mirada. Decidí que sería mejor ir con el casquillo a otra parte. A la mayoría de la gente no le gusta que les estorben en el trabajo y mucho menos que se desentierren cosas que, para su entender, están mejor enterradas. Hoy hubiese cogido un tamiz y revisado hasta el último puñado de tierra de aquel muro para dar con la bala, pero en aquel entonces era un chaval imberbe de instituto y la mirada hostil de dos canteros bastaba para quitarme de enmedio.
Al examinar las medidas del casquillo, éste da más pruebas que lo sitúan en la contienda. Se trata de un cartucho del calibre 7.57 Mauser, un poco más pequeño que el 7.62 estándar actual. Dicho calibre era el que usaban los fusiles Mauser españoles hasta que se pasaron al 7.62 en el año 1944. Así pues, pertenecía a un M1893 o a bien a un M1916, ese extremo no puedo discernirlo sólo con el cartucho. Ambos eran los fusiles más comunes por ser los reglamentarios para el ejército y los demás Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (fotos detalladas del M1893 aquí, es el 5º de la lista) . Aunque no sé de qué modelo, sí puedo decir que perteneció a un fusil republicano. Concretamente al de un miliciano anarquista, un guerrillero bajado del monte en busca del cura párroco de entonces, al que llamaremos Don Antonio.
Era Don Antonio un hombre sencillo, a la sazón cura párroco de aquellos lares, al que la madre de mi abuelo (a la que llamaremos Regina) tenían en gran estima, no por cura, sino por bueno. Lindaban ambas casas y huertas, teniendo gran amistad el cura y la familia. Amistad que en los tiempos de la Guerra se afianzó por el infortunio, ya que con la excusa del desorden, la Diócesis no le pasaba el sueldo al párroco, por lo que se sentó a la mesa con mi abuelo y sus hermanos no pocas veces. El otro infortunio del que le libraron fue el de la cacería.
Había un grupo, un comando guerrillero, de al menos tres hombres que operaba en la zona. Decidieron dar caza a Don Antonio por tener éste la condición de sacerdote y como tal ser considerado Enemigo del Pueblo. En realidad era más por una cuestión de oportunidad. Su parroquia era de las más alejadas y no tenía amigos que le protegiesen. El pobre hombre fue asediado durante meses y se convirtió en rutina el vigilar de noche. Cuando veía o escuchaba a los milicianos acercarse a su casa, huía por la huerta y se escondía en la casa de mi bisabuela. Le dieron cobijo muchas veces. Finalmente, los milicianos se dieron cuenta de dónde se escondía y por dónde escapaba. Así que una noche llamaron a la puerta de casa. Era dicha puerta de diseño tradicional, es decir, dos hojas separadas, una sobre la otra, para permitir ventilar la casa sin que entrasen las gallinas del corral o la lluvia eterna del Invierno. Antes de que pudiesen hacer nada, el hijo más pequeño abrió la hoja de arriba. Los milicianos dispararon, con suerte tal que el chico no sufrió daño, al ser hecho el disparo para la altura de un hombre. Ante los gritos de Regina, huyeron, no sé si por creer haber hecho blanco o por no querer ser reconocidos (eran vecinos de la zona) y tener pudor a matar una mujer.
Fue esta la gota que colmó el vaso, y un familiar lejano (al que llamaremos Carlos) tomó partido en el asunto. Cargó su escopeta con postas del .12 y les hizo la espera como se aguarda al jabalí, parapetado tras la esquina de uno de los cobertizos. Vinieron los milicianos esa noche por la ruta que el cura usaba para escapar, buscando así evitar que se escondiese en casa de sus vecinos. En cuanto se encaramaron al muro, Carlos abrió fuego sobre ellos. Tomados por sorpresa huyeron y se dispersaron por las huertas y maizales, creyendo que la Guardia Civil les había tendido una emboscada. No volvieron a molestar a Don Antonio, porque una cosa es perseguir curas desarmados y otra exponerte a que te vuelen la cabeza o te prendan y fusilen al amanecer.
Carlos declaró en público que había fallado por ser de noche y estar a oscuras. En privado comentó que apuntó alto pues le repugnaba la idea de matar por ser ésta cosa muy fea y además pecado mortal. Al fin y al cabo aquellos desdichados no habían matado a nadie; no eran más que labradores analfabetos, que se habían echado al monte creyendo en las promesas socialistas de un mundo mejor y más justo.
Uno de ellos perdió un cartucho de fusil; se le cayó de faltriquera cuando estaba en lo alto del muro. El cartucho se coló por una de las rendijas y allí permaneció durante décadas. El tiempo y el agua de la lluvia separaron la bala del casquillo, disolvieron la pólvora y cubrieron el bronce dorado con la capa verdosa que vemos hoy. Lo sé porque el casquillo apareció exactamente en el lugar por el que los milicianos intentaron entrar aquella noche. Un vestigio de la Guerra Civil a 20 metros de casa, una prueba de un crimen que no se llegó a cometer, en un lugar en el que se supone que nunca pasa nada.
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