Rencores (III): un casquillo de bala

Guardado en: Odio, Personal; Author: Marauder; Posted: Enero 26, 2007 at 4:55 pm;

Siempre me ha apasionado la Historia, la que se escribe con mayúsculas, y por supuesto, su hermana pequeña la Arqueología. Yo pecador, confieso que Indiana Jones ocupa un puesto de privilegio entre mis héroes infantiles. Eso me hace estar muy atento cuando se mueven tierras y muros, pues si abres bien los ojos verás vestigios donde otros ven escombros. El ejemplo más claro de ello pertenece a esta serie de los Rencores.

Mi abuelo y uno de sus primos (llamémosle Moncho) comparten lindes y muro con la finca del cura. Dicha divisoria está hecha de mampostería a la vieja usanza; es decir, piedras más pequeñas que grandes, irregulares y asentadas con tierra (el cemento era entonces un lujo de la alta ingeniería civil y militar). Cuenta el dicho muro con casi 100 años de antigüedad. Adoro los muros de mampostería, pues custodian muchos secretos entre sus piedras y tierra, merced a la costumbre que tenía la gente de esconder cosas pequeñas entre sus rendijas. La tapia de la que hablamos, además de vetusta, no fue muy bien construída, por lo que ha sufrido varias reparaciones, yo mismo participé en dos de ellas. La última y más importante la hizo el primo de mi abuelo allá por el año 93. Para acceder a la finca de mi abuelo hay que cruzar por la de su primo, cosas del minifundismo y las herencias. Así que, durante los trabajos de derribo de la parte estropeada, tuve ocasión de pasar por allí. Mientras Moncho y sus canteros retiraban piedras, me fijé en la tierra de los escombros y lo vi: el inconfundible tono verdoso del bronce oxidado. Un pequeño objeto semienterrado que había pasado desapercibido a todos. Me acerqué a él creyendo adivinar lo que era. En efecto, al retirar la tierra con la mano vi la inconfundible forma cilíndrica de un casquillo de rifle. Sospeché inmediatamente de la procedencia de tan extraño objeto (extraño digo para el lugar en que nos encontrábamos). Con el poco ortodoxo método de humedecer el dedo en saliva, limpié la base del cartucho en busca de pruebas y encontré dos cosas:

  1. El fulminante no tenía la marca del percutor, por lo que el cartucho no llegó a ser disparado.
  2. Su inscripción de fábrica era P S 1933, lo que indica que se fabricó poco antes de la Guerra Civil.



casquillo M1916casquillo M1916



Comenté en voz alta que el cartucho no había sido disparado y que la bala aún tenía que estar por allí. Pero cuando me disponía a buscarla, los canteros me fulminaron con la mirada. Decidí que sería mejor ir con el casquillo a otra parte. A la mayoría de la gente no le gusta que les estorben en el trabajo y mucho menos que se desentierren cosas que, para su entender, están mejor enterradas. Hoy hubiese cogido un tamiz y revisado hasta el último puñado de tierra de aquel muro para dar con la bala, pero en aquel entonces era un chaval imberbe de instituto y la mirada hostil de dos canteros bastaba para quitarme de enmedio.

Al examinar las medidas del casquillo, éste da más pruebas que lo sitúan en la contienda. Se trata de un cartucho del calibre 7.57 Mauser, un poco más pequeño que el 7.62 estándar actual. Dicho calibre era el que usaban los fusiles Mauser españoles hasta que se pasaron al 7.62 en el año 1944. Así pues, pertenecía a un M1893 o a bien a un M1916, ese extremo no puedo discernirlo sólo con el cartucho. Ambos eran los fusiles más comunes por ser los reglamentarios para el ejército y los demás Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (fotos detalladas del M1893 aquí, es el 5º de la lista) . Aunque no sé de qué modelo, sí puedo decir que perteneció a un fusil republicano. Concretamente al de un miliciano anarquista, un guerrillero bajado del monte en busca del cura párroco de entonces, al que llamaremos Don Antonio.

Era Don Antonio un hombre sencillo, a la sazón cura párroco de aquellos lares, al que la madre de mi abuelo (a la que llamaremos Regina) tenían en gran estima, no por cura, sino por bueno. Lindaban ambas casas y huertas, teniendo gran amistad el cura y la familia. Amistad que en los tiempos de la Guerra se afianzó por el infortunio, ya que con la excusa del desorden, la Diócesis no le pasaba el sueldo al párroco, por lo que se sentó a la mesa con mi abuelo y sus hermanos no pocas veces. El otro infortunio del que le libraron fue el de la cacería.
Había un grupo, un comando guerrillero, de al menos tres hombres que operaba en la zona. Decidieron dar caza a Don Antonio por tener éste la condición de sacerdote y como tal ser considerado Enemigo del Pueblo. En realidad era más por una cuestión de oportunidad. Su parroquia era de las más alejadas y no tenía amigos que le protegiesen. El pobre hombre fue asediado durante meses y se convirtió en rutina el vigilar de noche. Cuando veía o escuchaba a los milicianos acercarse a su casa, huía por la huerta y se escondía en la casa de mi bisabuela. Le dieron cobijo muchas veces. Finalmente, los milicianos se dieron cuenta de dónde se escondía y por dónde escapaba. Así que una noche llamaron a la puerta de casa. Era dicha puerta de diseño tradicional, es decir, dos hojas separadas, una sobre la otra, para permitir ventilar la casa sin que entrasen las gallinas del corral o la lluvia eterna del Invierno. Antes de que pudiesen hacer nada, el hijo más pequeño abrió la hoja de arriba. Los milicianos dispararon, con suerte tal que el chico no sufrió daño, al ser hecho el disparo para la altura de un hombre. Ante los gritos de Regina, huyeron, no sé si por creer haber hecho blanco o por no querer ser reconocidos (eran vecinos de la zona) y tener pudor a matar una mujer.
Fue esta la gota que colmó el vaso, y un familiar lejano (al que llamaremos Carlos) tomó partido en el asunto. Cargó su escopeta con postas del .12 y les hizo la espera como se aguarda al jabalí, parapetado tras la esquina de uno de los cobertizos. Vinieron los milicianos esa noche por la ruta que el cura usaba para escapar, buscando así evitar que se escondiese en casa de sus vecinos. En cuanto se encaramaron al muro, Carlos abrió fuego sobre ellos. Tomados por sorpresa huyeron y se dispersaron por las huertas y maizales, creyendo que la Guardia Civil les había tendido una emboscada. No volvieron a molestar a Don Antonio, porque una cosa es perseguir curas desarmados y otra exponerte a que te vuelen la cabeza o te prendan y fusilen al amanecer.
Carlos declaró en público que había fallado por ser de noche y estar a oscuras. En privado comentó que apuntó alto pues le repugnaba la idea de matar por ser ésta cosa muy fea y además pecado mortal. Al fin y al cabo aquellos desdichados no habían matado a nadie; no eran más que labradores analfabetos, que se habían echado al monte creyendo en las promesas socialistas de un mundo mejor y más justo.

Uno de ellos perdió un cartucho de fusil; se le cayó de faltriquera cuando estaba en lo alto del muro. El cartucho se coló por una de las rendijas y allí permaneció durante décadas. El tiempo y el agua de la lluvia separaron la bala del casquillo, disolvieron la pólvora y cubrieron el bronce dorado con la capa verdosa que vemos hoy. Lo sé porque el casquillo apareció exactamente en el lugar por el que los milicianos intentaron entrar aquella noche. Un vestigio de la Guerra Civil a 20 metros de casa, una prueba de un crimen que no se llegó a cometer, en un lugar en el que se supone que nunca pasa nada.

9 comentarios »

  1. Comentario by Minina de Cheshire

    Para ser ese un lugar en el que nunca pasa nada… nos está regalando grandes historias, maese Marauder. :)

  2. Comentario by Minina de Cheshire

    Me recrimina Marauder que yo también tengo buenas historias provenientes de una grandísima mujer y, a la sazón, abuelísima de la que suscribe… Prometo añadirlas al conocimiento popular cuando ponga fin a los “Rencores”.

  3. Comentario by KaRMe

    Ya te digo… y eso que en el pueblo nunca pasa nada. Minina, apoyo la iniciativa de contar esas historias….

  4. Comentario by agente_naranja

    Ejem…¿y cual es el rencor? Es que no te he visto nada de rencor en esta historia - Muy buena, dicho sea de paso.

  5. Comentario by Marauder

    Agente_naranja, el rencor está en buscar a un hombre para meterle un tiro (o dos o tres o los que sean) entre pecho y espalda por el mero hecho de llevar sotana y alzacuellos. No importaba que Don Antonio nunca hubiese hecho daño ni a una mosca, lo buscaban por una cuestión política, no personal. Buscaban vengar en él los abusos de otros más poderosos a los que no podían alcanzar. Rencor de clases, rencor político. Sin duda uno de los más perniciosos.

  6. Comentario by Folken

    Me suena todo esto a trampa… ¿Acaso hay arqueólogos a los que no les persiguen rocas gigantes y luchan contra los nazis?
    Que mentira más gorda…
    Y el tal Carlos ese, falló porque era vizco, no crea lo que le dice, que todo hombre armado sabe que tiene el poder sobre la vida de los demás.

  7. Comentario by Coronel Kilgore

    Creo que es de los mejores posts que he leido en su blog. Esto se HISTORIA con mayúsculas, reciba un saludo de todo mi regimiento Marauder.

  8. Comentario by el gran chimp

    Las armas las carga el diablo. Ojalá todo se resoviese con los puños, como Indy. (O el lático).

  9. Comentario by nico

    Muy buena la historia, queremos más! :)

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